Historia al Divino Enfermo

“Estuve enfermo y me visitasteis” Mt 25, 36

Madre Soledad se había habituado a ver en cada persona al Hijo de Dios vivo, y sobre todo, en cada sufrimiento humano sentía palpitante al Cristo del Calvario.

Esto daba una especial ternura y misericordia a sus relaciones humanas, como rasgo del carisma que había recibido del Espíritu, y, para mejor transmitirlo a sus seguidoras, pidió al arte, le hiciera la imagen del “DIVINO ENFERMO”.

Una imagen de Cristo sufriente cuya cruz es sustituida por un lecho y un rostro que nos habla de que no es sólo el dolor físico lo que destroza la vida sino que una vida se rompe, sobre todo, por esa carga de soledad, de incertidumbre y amargura que cada enfermedad trae consigo.

Para esta imagen hizo una habitación-oratorio en la enfermería. En ella pasaba Madre Soledad largas horas de contemplación traducidas luego en incansable actividad al servicio de todos.

Transida por el amor y la bondad de Dios contemplado ante el “Divino Enfermo” pasaba a atender a sus hijas enfermas y ancianas. Ellas apreciaban ese su especial cariño y bondad y comentaban: “Ni nuestra misma madre nos habría cuidado mejor”.

Esta práctica piadosa, que existió desde los tiempos de nuestra Madre Fundadora, es símbolo de toda  nuestra espiritualidad: el amor al Divino Enfermo. Los primitivos Reglamentos dejaron constancia de ello. “En todas las enfermerías de la Congregación, habrá una imagen de talla y muy devota de N. S. Jesucristo con el título “El Divino Enfermo”, colocada sobre un lecho modesto, pero decente; ora para que las Hermanas le recuerden y le adoren con frecuencia en las asistencias, ora para que las Novicias velen en ciertas noches…ora para que nuestras enfermas lleven sus padecimientos con mayor fortaleza y mérito” (R. de 1873)”.

El Divino Enfermo nos recuerda que los enfermos son imágenes vivas de Cristo y les hemos de servir y atender como al mismo Señor.