Contemplativas en la Acción

Las Siervas de María estamos llamadas a ser por vocación contemplativas en la acción. Por lo mismo nuestra vida de oración es muy intensa, dando gran importancia a la oración personal y comunitaria para ser almas de oración al servicio del apostolado, de modo que éste encuentre su fuerza en la contemplación y ésta a su vez estimule nuestro apostolado.

No hacemos separación ente la vida de oración y la vida apostólica. Por la fe viva, descubrimos a Cristo en el rostro de cada enfermo y el paso de la capilla a la habitación del enfermo no interrumpe nuestro diálogo con Cristo; le seguimos amando donde y como Él se encuentre, atentas siempre a lo que Él nos pida. Solo con este espíritu contemplativo, nos es fácil asistir al enfermo, cada día con renovadas energías, respetarle, amarle y prodigarle todos los servicios necesarios.

La oración personal es elemento absolutamente indispensable para garantizar la auténtica vitalidad de nuestra vida interior.
Para las Siervas de María resulta estéril todo esfuerzo de santificación y apostolado que no proviene de la íntima unión con Dios o que no lo fomenta, ya que sin El nada valioso y eficaz podemos hacer (Jn 15,5), y El debe ser siempre el objetivo supremo de nuestro proyecto evangélico de vida. Nuestra primera y  mejor contribución apostólica a la edificación del Cuerpo Místico de Cristo y a la salvación universal es siempre la de la oración, las obras de penitencia y el ejemplo de vida, o sea la perfección en el cumplimiento de nuestro deber.

Desde las primeras etapas de formación se nos inculca este rasgo tan típico de nuestra espiritualidad que nos dispone a la escucha y meditación de la Palabra de Dios y a la búsqueda de su divina voluntad, manifestada a través de los acontecimientos del diario vivir y de las personal que como mediaciones de Dios, nos guiarán por estas sendas. Esta actitud contemplativa nos ayuda a participar más eficazmente en la misión salvífica de Cristo, en donación de amor oblativo a los demás, sentida y vivida como una exigencia de nuestra consagración y de nuestra espiritualidad.

Modelo y guía  en este camino es para nosotras la Santísima Virgen, Madre y modelo de consagradas: espejo inmaculado en el que la Sierva de María se mira para escalar la cumbre de la vida espiritual (cf. VC 28).

Abandonadas a la Divina Provindencia

Una de las dimensiones del que es y se siente “pobre de Yahvé” es confiar en la Providencia Divina. El amor confiado en la Providencia es una transparencia de la pobreza evangélica.  Madre Soledad impresiona por el amor con que siente la Providencia de Dios. Su abandono en el Dios Providente no conoce fisuras.  El espíritu de confianza en la Providencia de Dios –alma de nuestro Instituto- nos lo infundió nuestra Madre Fundadora, no solo consignándolo en las Constituciones, sino principalmente en la eficacia de sus ejemplos. Era en ella cosa habitual no fiar nada en los medios humanos, sino esperarlo todo de la Providencia. Como testamento de despedida dijo a sus Hijas: “Os dejo abandonadas en la Divina Providencia”. Inmersa en este abandono en las manos providentes del Padre, aconsejaba con convicción a sus Hijas: “No tengan pena por nada, pues Dios que cuida de las aves del campo, mejor, mucho mejor cuidará de sus siervas”.

Este mismo espíritu de confianza en Dios está condensado en una consigna de las Constituciones: “Realizamos nuestra misión junto a los enfermos, en asistencia esmerada y gratuita…” Esta gracia carismática se refleja en la espiritualidad legada por nuestra Santa Madre: Contemplativa en la acción, abandonada a la Providencia, cooperadora con Cristo y María en la salvación de los hombres”. “Abandonada en la Providencia” fue la actitud activa de Santa María Soledad. Es un auténtico testimonio y un exigente mensaje de la Madre para sus Hijas.

Es así como las Siervas de María agradecemos y prolongamos la Providencia de Dios para con nosotras. Cada una de nosotras nos convertimos en  “providencia” de Dios junto a los enfermos asistiéndoles, curándoles y sembrando esperanza en todos.

Las Siervas de María intentamos hacerlo siempre al estilo de nuestra Madre Fundadora: con decisión y esa paz interior que brotaba de su fe inquebrantable en la Divina Providencia.

Por eso os digo: no os inquietéis por vuestra vida, por lo que vais a comer o beber ni por vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Buscad, pues, primero el reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura.” (Mt. 6,25).

Las Siervas de María nos fiamos de Dios y buscamos que nuestra vida sea un poema de gratitud al Señor y de GRATUIDAD generosa. Este es el criterio de conducta y el sello de identidad de la Sierva de María, como lo fue de nuestra Madre Fundadora.

Colaboradoras con Cristo y María

Colaboradoras con Cristo y María en la salvación de los hombres

La espiritualidad de Madre Soledad y de toda Sierva de María, se forja al fuego de una doble identificación: La Sierva de María como Madre Soledad, reconoce a Cristo oculto en el prójimo, de modo especial en el enfermo asistido preferentemente a domicilio (Const. 3), y se identifica con María, la Madre en perpetua contemplación de su Hijo, bajo dos advocaciones muy significativas y en consonancia con el carisma-misión que Madre Soledad recibió del Espíritu Santo y la Iglesia le encomendó desempeñar en su nombre. María, la Madre Dolorosa, de pie junto a la Cruz de su Hijo y Madre de la Salud, obtenida por el sufrimiento y triunfo de su Hijo; nos enseña que todo sufrimiento humano, unido al misterio de la redención obtenida plenamente por Cristo a través de su dolor, se convierte de debilidad humana en poder de Dios.

Como María  está al pie de la Cruz en actitud de fe contemplativa, nosotras, Siervas de María, convertimos la habitación del enfermo en un santuario donde Cristo se inmola místicamente, y en donde nosotras ejercemos nuestro sacerdocio común ofreciendo con El al Padre los sufrimientos del enfermo.